7/16/2005

The Interpreter

En sentido general, yo me siento feliz y orgullosa de ser humana y de haber nacido dominicana (aunque a alguno que otro diletante prefiera hablar de ciudadano del mundo); pero me avergüenzo de las incoherencias y el poco deseo de cambiar las cosas que tenemos los que pertenecemos a la raza humana, incluyéndome. Me parece que esta condición es como el círculo mismo de la vida: perpetuo, agotador, trillado...

Recientemente, mientras veía la película de Nicole Kidman y Sean Penn, La Intérprete, tuve la misma sensación de impotencia que cuando pertenecí a proyectos financiados por organismos internacionales: ¿Cuánto hay aquí de ganas verdaderas de cambiar las cosas? ¿Cuánto hay de mera diplomacia? ¿Cuánto hay de hipocresía porque lo que verdaderamente se busca es una fuente de ingresos indirectos? ¿cuánto legado queda en resultados cuantificables y exponenciales? ¿Cuánto es real? ¿Cuál es el aporte? ¿Qué deben devolver los “beneficiados”? ¿Hay realmente “beneficiados” del altruismo o sencillamente “pobres comprometidos”?

Puedo extender este cuestionario infinitamente pero lo que sí aprendí de cambiar las cosas es que ninguna política de cambio funciona hasta tanto la instrucción moral, académica y espiritual se siembran en el hombre y eso sólo se logra con la educación, con la crianza. De vuelta al tema de siempre ¡Salud, diletantes! A ver quien desea ser el próximo en postear aquí.